T
Tita La Remedios
Tita

¿ERA MÍA?

El primer corte de Tita para saber si esa carga era tuya… o te la dejaron caer encima.

Cuéntame qué estás cargando ahora.
Sin adornarlo.
Como si se lo soltaras a Tita en la cocina.

Anónimo. Sin registros. Sin sermones.

Pregunta 1 de 5

¿Quién dejó esa carga encima de ti?

Mi pareja
Mis hijos
Mi familia
El trabajo
Yo misma, por costumbre
No lo sé, pero acabó en mis manos
Tita
Tita se asoma

Vas por la mitad. No me sueltes ahora la versión bonita. La que te crees tú, no la que cuentas en las comidas.

Pregunta 2 de 5

¿Te lo pidieron claro o lo recogiste antes de que nadie hablara?

Me lo pidieron
Lo insinuaron
Lo dejaron ahí y fui yo
Ni sé cómo acabé haciéndolo
Pregunta 3 de 5

¿Qué pasaría si no lo hicieras?

Se enfadarían
Me sentiría culpable
Nadie lo haría
Me llamarían egoísta
En realidad, no pasaría tanto
Pregunta 4 de 5

¿Por qué lo haces?

Por amor
Por culpa
Por miedo
Por costumbre
Porque siempre lo he hecho yo
Pregunta 5 de 5

¿Esa carga venía con tu nombre?

No
No lo sé
Se lo pusieron después
Tita
El veredicto de Tita

¿Todavía no las has leído?

Las 7 señales de Tita

Ahí están, completas. Puedes leerlas aquí mismo, o llevártelas contigo para leer con calma cuando puedas.

Descargar para después
Tita
El siguiente paso

Ya has visto una carga que quizá no era tuya.

Ahora falta otra cosa:
recuperar algo que sí lo era.

Tu tiempo.
Tus ganas.
Tu idea.
Tu primer movimiento.

Porque soltar una carga está bien.
Pero si después vuelves a dejarte para después, seguimos en las mismas.

Pamplinas.
Tita ha preparado para ti

Cuaderno de Tita · Ya no estás tarde

Una experiencia guiada de 5 días para dejar de dejarte para después y hacer el primer movimiento que llevas años aplazando.

·¿ERA MÍA? te ayuda a ver la carga que no era tuya.
·El Cuaderno de Tita te ayuda a recuperar algo que sí era tuyo.

Puedes cerrar esto ahora.
Y mañana volver a cargar exactamente lo mismo.

O puedes dar el paso que sí es tuyo.

El regalo de Tita

7 señales de que estás cargando cosas que no eran tuyas

Una guía para reconocer las cargas invisibles.

Este libro no te va a curar.
Solo te va a enseñar a mirar.

Lee despacio. No hay prisa aquí. Cada página tiene una sola idea. Una escena. Una pregunta. No hace falta que tomes notas ni que subrayes nada. Bastará con que en algún momento pienses: «Eso me pasa.»

Porque cuando algo se reconoce, ya no puede ignorarse. Y eso, a veces, es suficiente para empezar.

Hay un cansancio que se nota.
Y hay otro que se acostumbra.
El segundo es el peligroso.

Porque aprendes a vivir con él. Te levantas. Trabajas. Resuelves. Recuerdas. Organizas. Sonríes. Y nadie imagina que llevas meses funcionando sin apenas espacio para ti.

No porque seas fuerte. Sino porque has aprendido a recoger cosas que nunca fueron tuyas.

Un día fue un favor. Otro una preocupación. Otro una tarea. Otro una llamada. Otro una mochila. Otro una cita. Uno parece poco. Pero cuando llevas años recogiendo uno detrás de otro… acabas creyendo que esa es tu forma normal de vivir.

Pamplinas.

Vamos a mirar siete señales. No para culparte. Para que dejes de confundirte.

En esta casa las cosas tienen nombre.

Muchas mujeres llevan años creyendo que el problema eran ellas. Que eran demasiado sensibles. Demasiado exigentes. Demasiado cansadas para nada. A veces el problema no eras tú. Era que nadie había puesto nombre a lo que vivías.

Señal 1

Te sientas… pero sigues trabajando por dentro.

Son las nueve de la noche. Te has sentado en el sofá. El cuerpo por fin quieto. Pero la cabeza no para.

La compra del jueves. La comida de mañana. La lavadora que aún está mojada. La cita que no has confirmado. El cumpleaños del viernes. El mensaje que no has contestado.

Todo en bucle. Todo tuyo. Todo ahora mismo, aunque estés quieta.

Esto tiene nombre. No es descanso. Es trabajo sentado. Tu cuerpo ha parado. Tu sistema operativo sigue abierto.

¿Estoy descansando…
o solo he dejado de moverme?
Señal 2

"Déjalo… ya lo hago yo."

La primera vez que lo dijiste fue un gesto. Generoso. Querías ayudar. O querías que saliera bien. O no tenías ganas de explicar cómo se hacía.

Pero hay un momento —y es difícil pillarlo— en que esa frase deja de ser un gesto y se convierte en un automatismo. Y ahí es cuando ya no es ayuda. Es costumbre.

Y la costumbre, con el tiempo, pesa. Lo que pesa no es el esfuerzo de ese momento. Lo que pesa es saber que mañana también lo harás. Y pasado. Y el que viene después.

¿Cuántas veces dices esa frase cada semana?
Cuéntalas. Solo cuéntalas.
Señal 3

Siempre llegas antes.

Antes de que se haga tarde. Antes de que haya problema. Antes de que alguien se olvide. Antes de que algo falle. Siempre antes.

Pero hay algo que nadie te dice sobre llegar siempre antes: que impides que otros lleguen. Porque cuando alguien siempre resuelve, los demás aprenden a esperar. Y la red eres tú. Sola. Todos los días.

Si siempre llegas antes…
nunca sabrás quién iba a moverse.
Señal 4

Te sientes mal cuando dejas de hacerlo.

Existe una culpa silenciosa. La que aparece cuando dejas de hacer algo que nunca debió ser tuyo. La culpa que aparece cuando dejas de hacer lo que otros ya daban por hecho.

Pero no has hecho nada malo. Has roto una costumbre. Y las costumbres, cuando llevan mucho tiempo, se sienten como obligaciones. La culpa educada no te avisa de que estás haciendo algo incorrecto. Te avisa de que estás haciendo algo diferente.

¿La culpa viene de hacer algo malo…
o de romper una costumbre?
Señal 5

Nadie ve tu cansancio hasta que explotas.

Mientras sigues resolviendo, todo parece normal. Porque te ven bien. O lo que ellos interpretan como bien: operativa, disponible, entera.

Y tú lo sabes. Sabes que por dentro llevas semanas aguantando. Pero nadie lo dice. Y tú tampoco lo pides. Porque pedir parece otro esfuerzo.

Y un día se rompe algo. Tú. En el sitio más inesperado. Por la razón más pequeña. Y todos se quedan sorprendidos.

Lo grave no es explotar.
Lo grave es que antes nadie miró.
Señal 6

Confundes poder con deber.

Puedes hacerlo. Eso es verdad. Tienes la capacidad. Pero eso no significa que te corresponda.

Esta confusión es muy común y muy silenciosa. Con el tiempo, tu capacidad se convirtió en obligación. Tuya. Sin que nadie lo dijera en voz alta. Sin que nadie lo decidiera. Simplemente ocurrió.

La capacidad es tuya. Dónde la pones, también puede serlo.

¿Lo hago porque puedo…
o porque realmente me toca?
Señal 7

Ya no distingues lo tuyo de lo que otros soltaron.

Algunas cargas las elegiste. Otras simplemente estaban cerca. Y las recogiste.

Llamas a tu madre para recordarle una cita que ella misma apuntó. Preparas la maleta de alguien que ya sabe hacerlo solo. Gestionas el conflicto entre dos personas que podrían hablarse directamente. Suavizas la conversación que otros deberían tener sin ti.

¿Era mía…
o simplemente estaba cerca?
Cierre

No naciste para ser el sistema operativo de todos.

No tienes que soltarlo todo hoy. Solo ver una carga. Una. Y preguntarte: ¿Era mía? Si la respuesta es no… ahí empieza el corte.

Ya viste la carga. Ahora aprende a no recogerla. Porque verla es el primer corte. No volver a cargarla es el siguiente.

Verla es el primer corte.
No volver a cargarla es el siguiente.

HOY NO CAMBIES TU VIDA.

Solo intenta que una vez…
cuando aparezca una carga…
no seas tú la primera en recogerla.

Antes de cerrar

Este libro no ha terminado de escribirse. Se escribe cada vez que reconoces una carga que no era tuya. Cada vez que haces la pausa de diez segundos. Cada vez que te preguntas en serio: ¿Me toca esto a mí?

Tita no tiene todas las respuestas. Tiene la misma vida que tú: una agenda que no para, una casa que necesita atención y días en los que también recoge cosas que no le tocan. La diferencia es que ahora las ve. Y verlas ya es un corte.

No se trata de soltarlo todo.
Se trata de saber qué estás cogiendo.

Gracias por leer hasta aquí.

Mañana volverán a aparecer cargas.
La diferencia es que ahora sabrás mirarlas.

— Tita —